martes, 5 de diciembre de 2023

Rumbo al Atlántico

Bueno, nuestra idea de seguir hasta Bir Ganduz se fue al traste. Bueno está el patio para intentar hacer una pirula por estas tierras. Está visto que hay que organizarlo de otra manera si queremos ir a buscar oro a las tierras del sur :-)

Esta mañana he amanecido como un bendito. Descansado y hambriento. Hemos decidido llenar el tanque y esperar al panadero para llenar la tripa antes de salir para Dajla (o Dakhla, como se decía antes). Así que hay tiempo para preparar té.

El tubo del circuito de freno ha dejado de gotear. Miro el depósito y todavía tiene un cuarto, por lo que no ha entrado aire en el circuito. Me acerco a la tienda de la gasolinera y compro un par botellas. No hay el que yo uso normalmente, pero mejor es este que nada. Repongo y sigue sin gotear. Perfecto.

Como el pan no llega, tengo tiempo para fijarme en los coches que vienen a repostar. hay de casi todo, pero a mí me llama la atención uno que es una joya. Se trata de una pick-up Toyota, yo diría que 40, que puede tener tranquilamente 50 años. Hace pareja con los cientos de Land Rover que hay por todos lados que tienen esa y más edad. Lo que más me gusta es la estética de dromedario que le ha dado su dueño.

En eso estoy cuando aparece un vehículo de la Gendarmería con tres agentes. Son nuestro servicio de seguridad. Se sientan con caras de poco amigos y se toman un té mientras esperan a ver qué hacemos.

Por fin llega el panadero. Se trata de un saharaui que habla bastante bien castellano y que se enrolla como una persiana. Nos invita a su casa restaurante, pero lo dejo para otra ocasión. Al final me regala un par de tortas recién hechas y se va carretera adelante. Yo respiro tranquilo porque los gendarmes no se ha perdido detalle.

¡Ala! Hasta la próxima Auserd. 

El camino es llano. Las moles de piedra donde está la ciudad destacan en el paisaje. Son las mismas moles que, desde niño, recuerdo en mi cabeza de una vieja foto del "Sáhara español".

Próximo ya al mar, aparece una zona de arena blanca con colinas planas y valles gastados por la erosión. Alguna destacan por su forma original. Una en concreto, me recuerda a lo lejos a la Esfinge egipcia. 

Y, por fin la mar. La llevaba oliendo desde unos kilómetros antes, pero ahora se nota la humedad, una sensación olvidada después de tantos días en el interior.

Hemos salido a la N3 justo enfrente de Dajla. Se ve la bahía y, al fondo, la ciudad. Ante mí van desfilando la Duna Blanca, la isla del Dragón, las colinas de Carrachiat...

Salimos de la nacional y nos dirigimos a la ciudad.

Se nota que el turismo tiene que acudir como moscas. Al fondo de la bahía crecen los alojamientos  como hongos. Y a lo largo de toda la entrada, se están construyendo hoteles por toda la costa.

La ciudad no es grande y hay bastantes hoteles, hostales y similares. Hemos parado en un pequeño restaurante callejero con los tajines en fila en el mostrador. Nos ha parecido oportuno coger un alojamiento en la parte oeste, en un barrio popular. Lo mejor es que tiene un gran solar delante donde podemos dejar los vehículos.

Un comentario. La impresión que tengo es que Dajla es la ciudad más descuidada de todas las que he visitado en los últimos treinta años. Verás.
La costumbre es llevar la basura que generamos, que no es mucha, en el coche hasta que vemos un contenedor de recogida o una papelera a la llegada de un pueblo, gasolinera, restaurante... Hoy he hecho lo de siempre: cojo la bolsa y busco un contenedor. Entonces me doy cuenta que en toda la calle no hay uno solo y que el gran solar que tengo delante, está completamente sembrado de basura urbana. Me asomo a las calles cercanas y más de lo mismo. Entonces veo que vienen en mi dirección una señora con dos hijas adolescentes. Me dirijo a ellas y les pregunto dónde puedo depositar la bolsa. Me miran con cara rara y después de pensarlo, la chica mas pequeña (unos 12-13 años) se encoge de hombros y hace un gesto con el brazo que abarca todo el solar. Sonrío ante la ocurrencia, les digo que no y les doy las gracias mientras voy de regreso al coche. Todavía no he llegado cuando siento que la misma chica está a mi lado y me pide que le dé la bolsa, que ella se encargará. Yo me niego pero insiste tanto que se la tengo que dar, agradeciéndolo de nuevo todas las molestias, eso sí, un poco avergonzado.

A la noche, cuando hemos salido a cenar y ver un poco la ciudad, he notado que no hay contenedores de basura por las calles. Y hay basura acumulada por todos sitios. No tanta en las calles céntricas, aunque también. Sigo pensando que es incomprensible que en una ciudad que pretende ser moderna y turística no esté un servicio básico como este puesto en marcha por el ayuntamiento. Debe ser que yo he llegado en un mal momento.

Las calles están llenas de sitios modernos con mucha luz y demás, pero tenemos noticias de un restaurante clásico que suele estar lleno de nativos. Es pequeño y no tiene demasiadas luces, pero es familiar y la comida es, si no casera, al menos es muy parecida y tradicional. El tajín de corvina estaba de muerte.

(las fotos se amplían pulsando en ellas)













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